ARARA LODGE, Un refugio encantado…
La llegada.
Hoy después de un largo periodo de cuarentena, aislamiento social y restricciones de todo tipo, inducidas por el miedo al contagio, hemos decidido tomarnos un respiro y regresar a nuestra habitualidad en la madre selva. Mi amigo y paisano Néstor Barbosa y Yo, hemos decidido aceptar la hospitalidad ofrecida y acompañar al colega de Guianzas Gary Botero en su visita de supervisión al albergue turístico de selva “Arara Lodge”, un lugar encantador que espera paciente el futuro regreso de los turistas aventureros de naturaleza, que en lo regular, antes del COVID frecuentaban sus maravillas naturales.

Arara Lodge, a pesar de estar relativamente cerca de la ciudad de Leticia, guarda el toque que conjuga la rusticidad de su estructura, con las comodidades básicas que generan experiencias y aprendizajes inolvidables. Allí la vida salvaje y natural pulula por doquier, basta solo mirar con atención y respetar la armonía local; tanto el día como la noche conspiran para sorprender, sonidos poco usuales, estruendos o suaves melodías acompañan la senda que nos lleva a la aventura, disfrute y conocimiento de la vida misma; a nuestro alrededor son tantos los estímulos, que podríamos afirmar entrar en un agradable trance, estamos en modo selva y los colores, olores y sabores nos muestran e interpretan el mundo que nos rodea.
Se han activado nuestros instintos, la pandemia, temor y psicosis, quedaron atrás; estamos en nuestro ambiente de cuna y lo que nos espera es solo el reencuentro con las energías, el agua, el sol, el viento libre, el manto vegetal y los animales que lo habitan; todos nuestros hermanos por derecho y quienes nos aseguraran el resguardo, alimento y lecciones existenciales a cada paso, brazada o incluso sueño. Sueño, porque es el espacio donde mejor nos comunicamos con la madre selva y sus habitantes, para prepararnos para cada día y experiencia.
Estamos emocionados, extasiados por la belleza que se
abre a nuestro paso y que habíamos dejado de ver, pero que ahora es una vez más
nuestra. Hablamos de experiencias pasadas, cuando de repente, un fuerte y algo
desconcertante llamado interrumpe la aparente tranquilidad del caño, como
diciéndonos bien venidos, este también es su hogar; era uno de los reyes de la
penumbra, era el ave Madreluna (Nyctibius grandis), que nos entreveía desde lo alto,
mientras espera apacible la llegada de la noche.

Con la cálida oscuridad que precede a la luna creciente (Tawemaku), llegaron las Gallinas Ciegas, Tuguayos o Bacuraos (Nyctidromus albicollis), el vibrante Murucututú (Megascops choliba), el búho cejón (Pulsatrix perspicillata) y su zumbido laser, el ave toro (Tigrisoma lineatum) y el arapapá o Juanjúi (Cochlearius Cochlearius). Fue esta sinfonía la que nos animara a dedicar el día siguiente a la observación de aves y reconocimiento de los alrededores; así alistamos equipo y dispusimos todo para una gran pajareada.
Día 1. Canoa y pájaros.
Apenas había algo de luz y ya el Toche Amazónico (Icterus Croconotus) nos animaba, era un buen presagio para iniciar un día de exploración y fotografía. Con los primeros rayos fuertes de Waku, el imponente sol, la algarabía de las Guacamayas (Ara macao), Aratingas (Ara severus) y loros (Pionus menstruus), contrastaban con la melodía de las fruteritos (Euphonia xantogaster), Tucanes (Ramphastos tucanus), Tucanetas (Pteroglossus castanotis) y Semilleros (Ammodramus aurifrons); la selva había despertado.
Binoculares y cámaras listos, canoa y remos dispuestos para adentrarnos en el majestuoso Igapó inundado, donde a lo lejos los saltos de árbol en árbol, nos alertaron la presencia de una pareja de Trepa Troncos (Dendroplex picus) y más adelante el Pájaro Comején (Galbalcyrhynchus leucotis) atrapaba sin cesar las abejas de cera que revoloteaban las flores de Monguba o Punga (Bombax monguba). Nuestro entorno, estaba totalmente activo, los bio ciclos estaban en desarrollo y nosotros estábamos en medio para ser fieles testigos.
Unas cuantas remadas y salimos al caño, un ambiente más despejado que facilitaría la observación de las aves, allí, estaba atento el Guarda Ríos (Tyrannopsis sulphurea) y muy cerca el Grillero Pálido (Furnarius minor) desayunando en un termitero, casi al ras del agua. Mientras arriba en un bejuquero el tornasol azul del lomo de un colilargo pechiamarillo (Trogon viridis), resalta en la espesura verde.
Estábamos extasiados con la algarabía de las Corocas (Crotophaga major) y los fogonazos del aleteo mañanero de los arrendajos, que casi pasaba desapercibido el Fruterito Capitán (Capito aurovirens) posado en una rama seca de Capirona (Callycophyllum spruceanum). Mientras arriba en lo alto se escuchaba a lo lejos los alegatos Guacamayezcos (Ara ararauna) y el coro subsecuente de las Maracanás (Ortopsittaca manilatus).
El sol sigue su repunte en la bóveda celeste y a medida que avanza el tiempo, como si fueran turnos de trabajo, se van unos y llegan otros; en medio de los flotantes gramalotales y buchones, corretean los Gallitos de Agua (Jacana jacana) y la Garza Chilena (Buteroides striata), alertando al Gramalotero Silvador (Donacobius atricapilla) e interrumpiendo el atento asechado del Catalán Pescador (Megaceryle torquata). El calor abrazador y la inactividad usual del medio día, nos obliga a regresar para almorzar y esperar la nueva etapa de movimiento.
Ya es corrida la tarde y un fuerte aguacero tropical, nos limita a apreciar la selva desde la terraza del albergue, a la altura de los copos arbustivos; hasta los que llegan los tímidos Trepatroncos Piquilargos (Nasica longirostris) y la sigilosa Ave Solita (Monasa nigrifrons). Con la noche regresan las Gallinas Ciegas, Tuguayos o Bacuraos (Nyctidromus albicollis), el vibrante Murucututú (Megascops choliba), el búho cejón (Pulsatrix perspicillata) y su zumbido laser, el ave toro (Tigrisoma lineatum) y el arapapá o Juanjúi (Cochlearius Cochlearius) y junto con ellos los enjambres de mosquitos que zumban como avionetas a nuestro alrededor.
Día 2. Canoa, gran Lago y pájaros.
Aun con el gotereo que escurría desde las copas más altas, nos adentramos de nuevo en el Igapó inundado, esta vez con dirección al gran Lago Negro; un meandro o madre vieja de un antiguo curso del río Amazonas, que alcanzamos después de un transbordo y caminata de quince minutos por una de las pocas restingas que enmarcan el lago. De repente como si saliéramos de una cueva, frente a nosotros se abrió un enorme espejo de aguas húmicas y herbáceas orillas, que contrastan con el albo plumaje de la Garza Real (Ardea alba) y patrullaje constante del Garzón Soldado (Ardea cocoi).

El lago, una maravilla extasiante, un espejo deslumbrante lleno de calma y nueva versión del colorido; una alquimia de tonos y formas sugestivas que llegan a embrujar la mente y el alma, al enclavarse en el subconsciente enalteciendo el registro experiencial. Minutos habían pasado, mirábamos en todas direcciones captando al máximo este nuevo escenario, para hacerlo nuestro; cuando la alarma se ensendió y un grupo de Camungos (Anhima cornita), nos recordaron nuestra condición de intrusos en la casa del gran Caimán Negro (Melanosuchus niger), el antiquísimo Pirarucú (Arapaima gigas) y la poderosa Anaconda (Eunectes murinus), místicos creadores y guardianes de los lagos selváticos.
Aquí, tratando de pasar desapercibidos, nos desplazamos a remo pausado y lento, por toda la orilla de los pastizales flotantes; desde donde nos observaban atentas, perchadas en los chamiceros, las Águilas Camineras (Rupornis magnirostris), las Águilas Doradas (Busarellus nigricollis), uno que otro Martín Pescador Punteado (Chloroceryle amaricana) y las escandalosas Pavas Hediondas (Opistocomus hoazín). Sin contar, los abruptos zambullidos de los Pájaros Serpiente (Phalacrocorax brasilianum) que acompañaban nuestro recorrido.
Era un momento encantador, nos acercábamos a los Aningales enmarañados de la cabecera del lago, cuando cual tornado de plumas se levantó una bandada de Cigüeñas (Mycteria americana), que en su ascenso espiralado, nos mostraron la magnificencia del vuelo, mientras se desvanecían en las nubes; como fin parcial del teatro que la madre selva nos presentaba, sugestionándonos en espera de sorpresas futuras.
Después de la satisfacción de una espléndida mañana, decidimos antes de almorzar, adentrarnos en el monte de tierras altas en busca de frutos de palmera de Asaí (Euterpe precathoria); una de las delicias de nuestra tierra y complemento ideal para nuestra estadía. El entorno no deja de maravillarnos, camino a la colecta de la exótica fruta, una familia de Catatau (Ibycter americana), que enseñaba a sus polluelos a volar, nos permitieron cercanía y aprendizaje; un poco más adelante, el saludo del Halcón Culebrero (Herpetotheres cachinans) y las rechiflas de los Chiguangos (Milvago chimachima), nos indicaban que estábamos en un nuevo espacio; lleno de bondades, pero también de peligros, como la tenida culebra Jergón (Bothrops atrox), que encontramos en el camino y un par de Alacranes Canela (Tityus kaderkai), que se enfrentaban por una lagartija moribunda (Anolis trachyderma).

En ese mundo de selva tupida, trancos gruesos y copas casi nubadas, el blanco y azul grisáceo de las Pavitas Fruteras (Gymnoderus foetidus), marcaron el rumbo hacia los racimos más maduros de asaí; lo que nos obligó por derecho a tomar estrictamente lo necesario, dejando parte para los verdaderos dueños de la producción, los habitantes de la selva. Jairo ramos, un paisano de la etnia Ticuna, residente de la comunidad de Arara, que nos acompañaba, valiéndose de las destrezas innatas del hombre Amazónico, trepó cual mono en la delgada palmera, haciendo posible nuestra colecta y deleite posterior. A nuestro paso, no podíamos evitar la sensación de estar siendo observados, en una vigilancia continua y alternada entre aves, reptiles, roedores, monos e incluso insectos; así pasaron frente a nosotros, la Guara saltarina (Dasyprocta fuliginosa), los Monos Fraile (Saimiri sciureus), los agiles Bebe Leche (Saguinus fiscicollis), la escurridiza Mariposa Celeste (Morpho menelaus) y los escudriñadores Mochileros (Psaracolius angustifrons), entre otras que quisiera nombrar; pero que, prefiero guardar como parte de la magia de mis recuerdos.

Este día, al caer la noche, a diferencia de las anteriores; el concierto de las Gallinas Ciegas, Tuguayos o Bacuraos (Nyctidromus albicollis), el vibrante Murucututú (Megascops choliba), el búho cejón (Pulsatrix perspicillata) y su zumbido laser, el ave toro (Tigrisoma lineatum) y el arapapá o Juanjúi (Cochlearius Cochlearius), se vio modificado por un nuevo acorde; llegado de lo más adentro de la selva, era el Pajuil Nocturno (Nothocrax urumutum), que desconcierta y a veces atemoriza a muchos, que confunden sus vocalizaciones, con el implar del poderoso Jaguar (Panterus onca) posicionando su territorio.
Día 3. Caminata, cascada y pájaros.
Esa mañana partimos, hacia el oriente, para en el camino a la cascada; revisar el estado de la plataforma de ascenso al dosel de la selva, lugar desde donde se realizan prácticas de Canopy o Arborismo en tirolesa. Desde allí, se puede observar un antiguo nido de Águila Crestuda (Spizaetus ornatus), donde cada año levantan sus polluelos para reinar en las alturas; en seguida, nos redireccionamos al norte, hacia la cascada, un trecho de dos horas, atravesando el ondulante suelo Amazónico, dos bebedero (Salado), un pantano y tres chagras de viento; espacios que nos facilitaron el apreciar el Colibrí hermitaño (Phaethornis hispidus), mientras libaba las florecidas Piñuelas o Bromelias sobre los trancos caídos.

El calor y la humedad, se alían para deshidratarte, las sales exudadas son aprovechadas por las abejas de cera, que en cada parada invaden tu cuerpo en claro oportunismo y acaparamiento de la abundancia, que no existe en el entorno abierto. Las Pavas (Penelope jacquacu), los Tucanes (Ramphastos tucanus) y las Panguanas Marrones (Tinamus major), con su cantar nos animan constantemente a seguir adelante y explorar aún más los secretos de la selva.

En la espesura vegetal, no deja de ser frustrante, el hecho de escuchar; pero no ver; sabemos que nuestro entorno está lleno de vida, de especies adaptadas para sobrevivir aquí, valiéndose del mimetismo y camuflaje que les permite integrarse perfectamente al paisaje, pasando inadvertidas a nuestra presencia. Los binoculares y cámaras, se empañan y nuestro cuerpo, caliente y empapado de sudor, contribuye aún más a ello; teniendo en muchos casos que conformarnos con la experiencia y memorización de los recuerdos, a partir de la estimulación forjada por el dinamismo de los olores, colores y sabores selváticos.

Próximos de la cascada, junto con el murmullo del agua precipitándose por escasos dos metros, los trinos de una banda mixta de tangaras, Tangara Paraíso (Tangara chilensis), Tangara mejicana (Tangara mexicana) y Tangara Ventriparda (Tangara velia), nos advertían la cercanía de un lugar mágico y acogedor, fuente de vida, regocijo, descanso y reposición de fuerzas, para poder emprender el regreso. Camino al albergue, nos desviamos un poco al sur occidente, para ascender a una loma reconocida como “El Mirador”, desde donde, como si fuera una ventana en medio de la pared vegetal, permite la vista sobre los copos de los árboles de tierras más bajas y al fondo, el imponente río mar Amazonas; una vista privilegiada.

Esa noche, reflexionamos sobre lo vivido en los últimos días, intercambiamos experiencias e interpretaciones de las mismas; quedándonos al final con una sensación de desánimo mudo, para emprender el regreso a la ciudad de Leticia, a nuestros hogares; ya que, aunque extrañamos a nuestros seres queridos, la libertad y vivencias adquiridas, se oponían a un ambiente de confinamiento y restricciones pandémicas en nuestras casas. Todos dejamos que la almohada fuera la consejera, rogando a la madre naturaleza para que hubiera protegido a todos los nuestros en ausencia y caímos en los brazos de Morfeo, con la esperanza de un feliz futuro reencuentro.
Día 4. Regreso a Leticia, río y pájaros.
Ese día le dijimos hasta luego a nuestro refugio “Arara Lodge”, con la promesa interior de regresar pronto para continuar explorando este maravilloso mundo y atesorar así sus bondades. Tomamos el peque – peque, caño abajo en busca del monarca de los ríos, el gran Amazonas; sin embargo en el camino no pudimos dejar de para a admirar los carpinteros trabajando a todo dar, el Carpintero Payaso (Melanerpes cruentatus), el Carpintero Canelo (Celeus grammicus) y el Carpintero Rayado (Campephilus melanoleucus), que como si se hubieran puesto de acuerdo, se les escuchaba y veía picotear los árboles secos a lo largo de la Varzéa pantanosa.
De despedida, al salir al río Amazonas, un elegante Gallinazo Cabeciamarillo (Cathartes melambrotus), nos observaba atento desde un pequeño islote que bajaba la corriente a la deriva y que compartía tranquilo, con un grupo de Garcetas de Guante (Egretta thula)…
Gracias Gary Botero y Néstor Barbosa, paisanos, colegas y amigos; hermanos de aventura y compañeros de una experiencia única e inolvidable; que sencilla y respetuosamente trate de plasmar en este escrito, reconociendo lo invaluable de sus aportes para que esta vivencia haya sido un éxito satisfactorio.
Escrito por: Urías Edgardo González Carreño
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